Al entrar a la sede de postgrado de la Universidad Adolfo Ibáñez, a mano izquierda existe un espacio que durante años pasó desapercibido. Noventa y cinco metros cuadrados con buen mobiliario pero sin vida, incapaces de invitar a quedarse.
El proyecto parte de una lectura simple: al otro lado del vidrio hay un jardín exterior cuidado, con pileta y mobiliario, lleno de la vitalidad que el interior no tenía. La primera decisión fue abrirse hacia él, generando un nuevo acceso que integrara ambos mundos y rearticulara las circulaciones desde el origen.
Para traer esa vitalidad al interior, el cielo se transforma. Un techo verde de formas curvas rompe la linealidad del espacio, incorpora vegetación y concentra los puntos de iluminación. Un espejo ubicado sobre la barra de cafetería extiende sus límites y refuerza la continuidad entre adentro y afuera.
El perímetro alberga módulos de madera para estudio personal, diseñados respetando los perfiles de vidrio existentes y acompañados siempre por la presencia del jardín. Al fondo, módulos más amplios permiten presentaciones y reuniones. En el centro, mobiliario liviano y móvil que se adapta según la necesidad.
Un espacio que ahora invita a quedarse.