Casa Pérez se emplaza en Punta Arenas frente al mar, con orientación deliberada hacia el horizonte marino como premisa organizadora de todo el proyecto. El programa se resuelve en dos niveles mediante una estructura liviana de tabiquería, donde la honestidad constructiva no opera como limitación sino como criterio: cada metro cuadrado existe porque era necesario, y esa economía de medios determina tanto la escala como la materialidad. El exterior se reviste en siding blanco, un material que dialoga con la austeridad del paisaje patagónico sin competir con él.
Para maximizar la relación con el mar sin incurrir en estructuras de mayor costo, el proyecto prescinde de los volados y en su lugar multiplica los vanos siguiendo el ritmo natural de la tabiquería interior. El resultado es una fachada articulada por una secuencia de ventanas que enmarcan el paisaje de manera sistemática, distribuyendo la vista a lo largo de toda la envolvente en lugar de concentrarla en un solo gesto. La estructura hace el trabajo visual: lo que podría haber sido un gran volado es, en cambio, una fachada que se abre completa hacia el Estrecho.