El borde costero exige materiales que entiendan el clima. La madera no es aquí una elección estética, es una respuesta técnica: trabaja los cambios de temperatura y humedad sin acusar el desgaste, reduciendo el estrés estructural que ese entorno impone.
La casa se construye en dos tiempos. El primer piso es sólido, de hormigón, una base que ancla el proyecto al suelo. El segundo se levanta liviano, en madera, y el contraste entre ambos define el carácter del volumen. Una grilla repetitiva recorre las dos fachadas, generando ritmo e identidad en todo su largo.
Hacia la calle, la casa se cierra con vistas focalizadas, resguardando la privacidad y la seguridad. Hacia el interior y la costa, se abre por completo. El primer piso funciona como planta libre: comedor, estar y cocina integrados entre sí y volcados al patio, sin jerarquías ni separaciones. Un solo espacio que respira hacia el mar.