El terreno cae con fuerza, pero el cliente quería un solo nivel. La respuesta fue precisa: encontrar la única cota plana, apoyarse en ella y extenderse desde ahí.
Una gran barra de madera vuela sobre el terreno. Bajo ella, un volumen cilíndrico de hormigón la ancla al suelo como si fuera una roca. El contraste es deliberado: lo pesado y lo liviano, lo circular y lo rectangular, lo mineral y lo orgánico. Dos geometrías que se necesitan y se tensionan al mismo tiempo.
El acceso ocurre en ese mismo punto de apoyo, donde la tierra y la arquitectura se tocan. Desde ahí, la barra se lanza hacia el vacío y la vista.
El proyecto también define un sello constructivo. Un detalle en corte, repetido con precisión a lo largo de toda la barra, que desde su reiteración genera textura, identidad y ritmo. Menos decisiones en obra, mayor velocidad de construcción y un lenguaje propio que se vuelve reconocible.